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jueves, 22 de enero de 2009

EL “GAUCHO” DEL SUROESTE

Oscar Andrés Sánchez A.

“Gaucho, gaucho, chúpelo, chúpelo. Oiga, hay lo llevo tostadito, de leche y mantequilla, de huevo nada; lleve el gaucho francés, quita las arrugas y cura la vejez; lleve el gaucho argentino, el que no me lo compra aquí, me lo compra en Frontino. Es que no oyen o están purgados, o será que no me han visto, o es que están pelaos. Chupe lo que chupo la reina de París, por debajo de la nariz; lo que chupó san Gregorio cuando iba para el purgatorio, lo que chupó San José y la Virgen cuando iban para Belén; chuparon ellos, por qué no chupa usted también (…)”


"Gaucho" recorriendo las calles y el parque del corregimiento de Bolombolo, municipio de Venecia.

Este es una de las estrofillas que utiliza Jorge Luís Muriel, “Gaucho”, para ofrecer un producto exclusivo en la región. La fórmula la tiene anotada un viejo cuaderno que guarda bajo llave en su casa; ni sus hijos la conocen. “Esto, -dice luego de tomar una muestra del grumoso dulce - lo producen pocas personas en Medellín, pero yo soy el único que lo ofrece blando y duro”.

Cuando se le pregunta por la receta, Jorge ríe, hace un silencio y menciona el ingrediente que todos conocen: “Esto está compuesto de azúcar y otras cosas que no es debido mencionarlas. Si mucha gente supiera hacerlo en la región, no tendría sentido, no vendería nada. El gaucho que yo vendo no se lo comen en ninguna otra parte”.

Jorge Luís, “Gaucho” no necesita megáfono, su vozarrón, aunque áspero, se escucha a dos cuadras de distancia. Es triguello, lleva un sombrero aguadeño y usa lentes. Su cabello es liso y se conserva negro, no así su barbilla. Tiene ojos y orejas protuberante y una minúscula deformación en la punta de su nariz. Viste de camisa manga corta ceñida al pantalón de paño y zapatos negros.

En su mano izquierda porta un viejo reloj de manilla plateada y un anillo que ocupa un cuarto de su dedo angular. En la parte derecha lleva colgada de su pretina un celular y el estuche de una navaja. Al lado izquierdo le cuelga un manojo de llaves (Seguro de los municipios por los que anda). Porta en su billetera los documentos de identidad, una cédula de 1956 expedida en el municipio de Concordia y una estampita de la Virgen del Carmen.

En cualquier municipio Suroeste antioqueño dan razón de él y de su producto, lo describe y parafrasea algunos de sus estribillos característicos. Cuando tarda, lo echan de menos. Jorge se demora un mes para caminarse esta región del departamento, y le alcanza para ir a Caucasia, Planeta Rica y recorrer dos veces el primer municipio del Sur del Área Metropolitana, Caldas.


Jorge Luís Muriel es una de los personajes más populares y sui generis del Suroeste antioqueño. Cualquier persona de la región puede dar cuenta de él.

Cuarenta años de su vida los ha consagrado a la venta de “gaucho” y aún hoy, a los setenta y cuatro años, continúa trasegando por infinidad de calles. Nadie conoce la región ni a sus pobladores como él. De igual manera, si llevara registro de los kilómetro que ha caminado, es probable que tuviera una página en el libro dorado del los Record Guiners. Sólo los descansa los viernes y las fiestas de guardar.

Camina a paso medio con una bandeja cuadrada de aluminio sobre su hombro izquierdo, y en la mano derecho lleva una mesilla portátil de madera, color amarillo, con un dulceabrigo apostado en la parte superior. En las esquinas se detienen, o donde lo paren, abre la mesilla, descarga su bandeja, y grita a todo pulmón, mientras se acercan adultos y niños.

“Gaucho, gaucho, chúpelo, chúpelo. Oiga, me compran o boto esto, o lo tiro para arriba, o me lo como yo mismo tostadito. Oiga, lo vendo barato para que lo chupe cada rato; meta la pata saque la plata, no coma cuento, coma gaucho. Oiga, y lo llevo tostadito, tirudito y tiecesito. Llegó modesto y acabó con esto, llegó María y acabó con lo que había, llegó Tomás y chupo más”.

Con una pinza metálica entrega en dulce en pedacitos del papel bond. Se consigue un pedazo desde $300 pesos, color blanco, verde, rosado o amarillo. Las barras, que miden aproximadamente 15 centímetros, cuestan 2 mil pesos. “Este dulce sabe muy rico sólo, con leche o con mazamorra”, comenta Gilma Bolívar, una señora de aproximadamente cincuenta años.

Este personaje ha acompañado al Suroeste en sus momentos de crisis y de bonanza en las últimas cuatro décadas. Varias generaciones han crecido escuchando sus recitales públicos y saboreando “gaucho”, como lo afirma Mariano Sánchez-: “Yo tengo 49 años y siempre he vivido en Bolombolo, y recuerdo que cuando era niño, “gaucho” deambula por este pueblo. Es un personaje típico”.

Jorge Luís Muriel, “gaucho” nació y creció en Concordia, un típico municipio antioqueño encumbrado en las montañas del Suroeste, de donde se divisa casi toda la subregión. Allí recibió los sacramentos y fue a la escuela, pero muy ligero tuvo que abandonarla para ayudar en su casa, una humilde familia cafetera. Fue ayudante de carro, albañil y panadero.

“Este producto se llama “gaucho”, por qué es de origen argentino, al menos eso me dijo don Miguel, un señor que lo producía y comercializaba en Andes. Yo empecé vendiéndole a él y cuanto se sintió viejo me dio la receta. A varios de mis diez hijos –todos con la señora que me dio la iglesia- los crié y les di estudio a punta de “gaucho”. Afirma Muriel.


La fórmula de su producto es un tesoro que "gaucho" guarda con recelo. Nadie la conoce y es único en la región.

A finales de la década de los 70 Jorge se mudó para Venecia, una tierra que apuntaba prosperidad. Según él, allí no es muy buena la venta: “No volví tampoco a Jericó, ni a Pueblo Rico, la venta es regular y no recuperaba los gastos. Me va bien en Ciudad Bolívar, Betania, Hispania, Salgar, Betulia, Urrao, Tarso; pero sobre todo en Caldas. Allí vendo 7 libras en un día.

Sobre la elaboración tampoco da muchos detalles: “Lo que me queda lo vuelvo a llevar al fogón para derretirlo y fusionarlo con una nueva producción en una olla grande de aluminio. Me tardo una hora para tener lista una zaca. Luego lo saco y lo estilo para darle los quiebres y la textura”, cuenta “gaucho.

Lo que si no es secreto es que es uno de los personajes más populares y particulares de todo el Suroeste Antioqueño por su aspecto, su estilo y su producto, como él mismo lo reconoce: “A mí me conoce toda la gente del Suroeste, en cada pueblo tengo donde comer y dormir”. “Este producto sólo lo vende este señor, nadie más tiene la fórmula”, asevera Gilberto Antonio Delgado, de 57 años y oriundo de la región.

El “gaucho” del Suroeste no es muy tanguero, y tampoco lo trasnocha Maradona, ni la pampa, ni Buenos Aires; pero si sueña con venderle a los argentinos el mejor y verdadero “gaucho” del mundo”.

BOLOMBOLO SOBRE LAS AGUAS

Por Oscar Andrés Sánchez A.
Reportaje Gráfico



Durante 2008 el país sintió la fuerza del agua. En el Suroeste el taponamiento de vías fue constante, al igual que los desbordamientos del río Cauca en La Pintada y Bolombolo. Este último fue afectado por dos oleadas invernales de las que apenas se recupera. A mediados de mayo, y casi hasta principios de julio, el río Cauca subió de nivel en repetidas ocasiones y se desbordó por la calles de los sectores de la parte baja afectando a casi 250 familias.



A principios de noviembre inició la segunda oleada invernal del año y se extendió hasta principios de diciembre de 2008. El 16 de noviembre se presentó la creciente más estrepitosa. El agua en algunas calles subió casi dos metros. Las turbias aguas alcanzaron la mayoría de los zarzos acondicionados por las personas para salvaguardar sus pertenencias, por lo que colchones, sillas, ropa, utensilios de cocina y electrodomésticos fueron arrastrados por la corriente.



















sábado, 17 de enero de 2009

ALMUERZOS A 300 PESOS

Oscar Andrés Sánchez A.

“Hermanita, sólo tengo 200 pesos”. –“Escúlquese un poquito, es que usted siempre me los queda debiendo. Con esa ayuda es que ajustamos a veces estos almuerzos”, le contesta una de las Hermanas koreanas encargada del Centro de Acogida, Volver a Vivir. El hombre joven se rebluja todos sus bolsillos, pero no encuentra sino unos papelillos. La Hermana se sonríe y le dice: “Bueno. Tenga su ficho, otro día me los trae.


En Caldas, sur del Área Metropolitana, existe una obra social donde los usuarios, habitantes de la calle, dan una contribución simbólica por su comida.

A las 12:00 del día empiezan a arribar decenas de personas al Centro de Acogida. Entregan la simbólica contribución de $300 pesos y reciben un ficho con el que reciben un almuerzo, jugo y un dulce de chocolate de postre. Volver a Vivir está ubicado en el sector de La Inmaculada, Caldas, y es coordinado por las Hermanas Misioneras de Jesús, una comunidad que se originó en Corea del Sur y que recibió aprobación como comunidad religiosa en la Diócesis de Caldas.

Legado Diocesano

Desde los inicios de la Diócesis de Caldas en 1988, a Monseñor Germán García Isaza lo asaltó el deseo de organizar la caridad, como lo había logrado en 1617 Vicente de Paúl con la primera Confraternidad de la Caridad en Châtillon (Francia) y en 1633 con las Hermanas de la Caridad (vicentinas). Monseñor fundó en la Diócesis las Centrales Católicas y quiso además fundar el Centro de Acogida, Volver a Vivir, para atender directamente y de manera constante a los más desprotegidos.

A principios de 2001 volver a Vivir empezó a funcionar como albergue de personas marginadas, desplazadas y necesitadas y era coordinado por laicos comprometidos. Cuando recibió el nombramiento como obispo de Apartadó, Monseñor Germán quiso dejar esta obra en buenas manos y encargó Volver a Vivir a las Hermanas Misioneras de Jesús, la misma comunidad que en 1998 había acogido y aprobado. Las Hermanas respondieron al llamado de su obispo y asumieron esta misión.

De Corea del Sur a América Latina

Tres koreanas, entre ellas Verónica y Escolástica Ryu, dejaron sus profesiones, familias y su ciudad natal, Daegu, la tercera más poblada de Corea del Sur (2.480.578 hab) y decidieron convertirse en misioneras. Estuvieron en Santa Helena (Quito) y llegaron a Colombia en 1998. Monseñor García Isaza las acogió y ahora son la única comunidad en Colombia y en el mundo. Esta compuesta por tres hermanas sur coreanas, una ecuatoriana y otra colombiana.


Las hermas surcoreanas que orientan la obra dejaron sus profesiones en su país de origen por dedicarse a la misión en América Latina.

“Desde mayo de 2002, por encargo de monseñor Germán, coordinamos Volver a Vivir que vive de la caridad, pero que ya no funciona como albergue sino como comedor y presta servicios de salud, alimentación, higiene, capacitación y acogida a desplazados de paso. Monseñor había conseguido una ayuda de Italia, pero este fondo se ha acabó y debemos acudir todos los días con algunos voluntarios a pedir en legumbrerías, tiendas y carnicerías. Algunos amigos coreanos también me ayudan”

Continúa sor Escolástica, la Hermana Madre: “Con lo que recogemos, y con el pequeño aporte que dan los beneficiarios, alcanza para hacer un promedio de 70 almuerzos diarios. En ocasiones nuestra lacena se ha visto escasa de alimentos; pero Dios cada día va proveyendo. Los platos, las cucharas y lo demás que aquí existe se debe a la ayuda de benefactores y de la Diócesis de Caldas. Incluso, esta casa, que antes pertenecía a Locería Colombiana”.

El almuerzo especial

Seis personas voluntarias ayudan a las hermanas desde las 7 de la mañana. Recolectan los comestibles, los separan, los preparan, los sirven y al final dejan todo en orden. Esta labor se extiende hasta las 3 de la tarde. “Yo colaboro aquí desde hace 7 años. Tratamos de hacer buenos almuerzos, eso sí, dependiendo lo que haya. No todas las personas son constantes, siempre veo caras nuevas. El día que más gente viene es el sábado porque hacemos el almuerzo especial: bandeja paisa con chicharrón. Es el día en que fijo hay carne” comenta Luz Dary Muñoz, una de las voluntarias.


Los habitantes de la calle del municipio de Caldas cuentas con un hogar donde se comparte la caridad y las esperanzas de una vida droga ni alcohol.

Las personas que acuden a este Centro viven casi en la miseria. Algunos son habitantes de calle y tienen problemas de adicción. Deambulan por las calles de Caldas, se bañan en las quebradas, mendigan, reciclan, venden artesanías, y al mediodía caminan hasta Volver a Vivir. Jorge León Pino y María Helena Corrales, son pareja hace dos meses y duermen al frente de Carulla. Él es de Calazan y ella de Caldas. Ella hace dos meses abandono la casa donde vivía con su hija, su yerno y dos nietos. “Yo vivo muy aburrida en la calle. Ojalá mi hija me vuelva a dar otra oportunidad”, dice. “Este es un servicio muy bueno para nosotros tan necesitados. A veces es lo único que comemos en todo el día”. Afirma Jorge.

jueves, 15 de enero de 2009

LOS SIN TIERRA DEL SUROESTE

Oscar Andrés Sánchez A.
Febrero de 2008

Es común pensar que sólo existe guerra en los países del Medio Oriente, en África o en la Franja de Gaza donde, como se ve a través de la televisión, los estallidos en sitios públicos son usuales, y millones de personas han tenido que refugiarse en otros países. Aunque en condiciones diferentes, el caso colombiano no es nada alentador. Ocupamos el segundo lugar en desplazamiento interno en el mundo.


Miles de ciudadanos han tenido que salir de sus tierras por represalias de actores armados ilegales. Muchos pasan de ser campesinos a mendigos de la ciudades colombianas.

El Suroeste antioqueño no es ajeno a la realidad histórica del campo colombiano, caracterizada desde la Colonia por la alta concentración de la tierra. Esta problemática provocó el surgimiento de los movimientos obreros de principios del siglo xx y la agudización del actual conflicto armado.Los intentos de una reforma agraria en Colombia, desde la ley 200 de 1936 hasta 160 de 1994, se han visto truncados por la oposición de los latifundistas y las élites gobernantes, que han defendido sus intereses y los de los inversionistas extranjeros, en detrimento de los sectores rurales menos favorecidos.

Hace un par de semanas se conmemoró el día mundial del refugiado, es decir, de los que han tenido que cruzar sus fronteras. En Colombia, los medios de comunicación dieron diversas cifras que reflejan la magnitud del desplazamiento interno, oportunidad propicia para reivindicar los derechos de los desplazados por el conflicto interno, revictimizados por la sociedad y tratados como “bandidos, pobres o indigentes”.

Según la Acnur (Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados), después de Sudán (con cinco millones), Colombia, (con tres, 23% del total), es el país con más desplazados. Las cifras del Sistema Único de Registro de Acción Social (oficiales) no llegan a dos millones. Para la ONG Codhes, entre 1985 y 2006 fueron desplazadas 3,8 millones de personas, de las cuales, el 53% corresponde a mujeres y el 54% son niños menores de 18 años.

El Incoder, encargado de adjudicar tierras a los desplazados, resulta ser un botín político del cual disfrutan algunos congresistas; y las ayudas dadas por el Estado, fuera de ser miserables, se restringen cada vez más. En efecto, el Plan de Desarrollo aprobado recientemente no prevé los recursos suficientes y se limita a subsidios que el gobernante puede distribuir como favores y no como derechos. En Medellín Acción Social rechaza el 40% de las solicitudes por “extemporaneidad e inconsistencia de datos” para los deplorables subsidios.

Centenares de desplazados no se acercan a las oficinas de registro del Estado. Muchos temen denunciar y prefieren buscar las periferias de las ciudades o, con un letrero sobre su cuello, ocupar con toda su familia una esquina o un semáforo, solicitando ayuda, o abordar un bus, luego del sermón del conductor, para vender golosinas. Y lo peor, muchos son vistos como una amenaza, pues para muchos, “algo habrán hecho”. Esta situación los revictimiza.


Las cifras oficiales sobre el número de desplazados en Colombia haN sido cuestionadas por varias ONGs. Muchas de estas personas ni si quiera se registran.


De acuerdo con la Red de Solidaridad Social, entre 1995 y 2003 se registraron 7888 desplazados en el Suroeste. En los municipios que conforman nuestra diócesis se reportaron 1200, siendo los municipios más afectados, Caldas (con 544), Santa Bárbara (436), Angelópolis (115) y Montebello (73). Estas cifras aumentarían si se sumaran todas las víctimas que dejó la reciente invasión paramilitar que obligó a muchas personas a salir de sus municipios.

Mientras las víctimas del conflicto son relegadas al ostracismo social, los victimarios reciben toda clase de prebendas. A Granda, casi se le arrodilla el gobierno para que abandonará las rejas y aceptara ser embajador de la paz (con esto último no se pudo); y ahora anda de asueto en Cuba, mientras que los secuestrados continúan en la selva y los desplazados en la ignominia. Los beneficios legales para los factores reales de poder son injustificables si no se ayuda a las víctimas.

Cada uno de los 36 mil reinsertados recibe 340 mil pesos mensuales, además de algún apoyo para educarse y conseguir trabajo. Pero los dos millones de desplazados que reconoce el gobierno o los tres millones que reporta la ONU, tienen que arreglárselas con nada o con los mismos subsidios que recibe cualquier persona pobre -es decir que no reciben nada por el hecho de ser víctimas. La actual política se seguridad democrática es ineficiente para la alcanzar la verdad, la justicia y la reparación.

Fuera ser condenados a vivir en la pobreza y sin reparación, los desplazados son víctimas de la mayor impunidad. Según Julio Roberto Meier, representante en Colombia de la Acnur, entre 2004 y 2006 sólo hubo una condena por cada cuatro mil desplazamientos. Para la antropóloga y politóloga Gloria Naranjo Giraldo, el desplazamiento es un fenómeno que combina éxodos familiares e individuales, silenciosos y no visibles; huidas temporales y retornos azarosos o abandono definitivo de los lugares de origen y residencia.


Los niños son quienes más sufren las consecuencias del conflicto que ni siquiera comprenden. Sus estudios y sus sueños se ven truncados.


Las causas del desplazamiento forzado son diversas: las presiones por la tierra; el afán de grupos armados en controlar corredores estratégicos; los intereses de diversos grupos por apropiarse de zonas ricas en metales preciosos, productos energéticos o cultivos de alucinógenos. Los intereses particulares se confunden con los asuntos de la guerra pública sin que sea posible establecer una línea diferencial entre lo político - militar y lo privado.

Luego de que la ONU publicara recientemente las cifras ya mencionadas, Hill Frelick, Director de Políticas para los Refugiados de Human Rights Watch dio a la BBC la siguiente declaración: "Espero que la gente vea a los seres humanos ante todo como seres humanos con derechos, y eso es universal. Todos sangramos de color rojo. Tenemos que reconocer que el sufrimiento es universal y que cualquiera podría en algún momento convertirse en una víctima".

Según el DANE, el 13% de las fincas colombianas posee el 73% de la tierra, de la cual sólo se destina a la actividad agrícola un 9.5%, mientras un 46% de las fincas (las de menor tamaño) poseen un 3.2% de la tierra, de las que el 38.6% son dedicadas al cultivo; el 53% del total de la tierra registrada, es decir casi 44 millones de hectáreas, está concentrada en 2.428 terratenientes.

Los desplazados no han salido de sus tierras por capricho. No son indigentes ni deben suscitar sentimientos de lástimas a la sociedad o al Estado. Claman porque se les reconozca sus derechos y se le repara su condición de víctima del conflicto que el Estado no ha podido o no ha querido detener.


-Fotografías: Internet

LA TIERRA DE LAS HOJALDRAS…. Y LA “ESTACIÓN DE LOS FANTASMAS”

Oscar Andrés Sánchez Á.

“Miren, pongan cuidado. Este es Camilo C, y venden unas hojaldras...”. Con estas palabras, recuerda Flor Elisa Gonzáles, eran despertados grandes y chicos cuando el tren arribaba a la estación. Desde muy temprano, las hermas Paulina y Florentina Agudelo, fundadoras de esta tradición, tenían listas estas tortillas hechas de harina y huevos, apetecidas por todos los viajeros.


Ruinas de la antigua Estación Camilo C. En la actualidad es habitada por una familia.

La estación “Camilo C. Restrepo”, denominada antes “El Alto de la Paila”, fue inaugurada el 14 de febrero de 1924. Distaba a 58 kilómetros de Medellín y pertenecía a la empresa Ferrocarril de Amagá, compañía jalonada por Alejandro Ángel, una vez el gobierno aceptó su licitación en 1906 y, adquirida por el departamento a finales de la década del 20. Su primer riel se clavó el 8 de febrero de 1911.

Elisa Gonzáles de 67 años, autóctona de Camilo C, sostiene: “Este sitio era muy prospero, el trabajo sobraba. Algunas mujeres lavaban la ropa de los trabajadores, otras los alimentaban y las demás sacaban sus ventas, sobre todo de hojaldras. Yo tuve 12 hijos y todos los levanté con lo que ganaba mi esposo José, y eso que él era un trabajador raso del ferrocarril”.


Bulto de Camilo C Restrepo, uno de los gestores del Ferrocarril de Amagá y en cuyo honor fue bautizada esta población.

Flor Ríos es pensionada del ferrocarril, nació en 1924 y vive en la antigua proveeduría, lugar de donde se abastecía de alimento a las cuadrillas. Hace un gran esfuerzo para recordar: “Cuando empecé a hacer de comer a los trabajadores estaba muy niña. Como aquí no había campamento me llevaron para Bolombolo. Algunos de ellos eran muy queridos, otros lo hacían volver grosero a uno”.

La región de Amagá y pueblos cercanos era rica en carbón, hierro, plata y café, por lo que precisaba de un sistema moderno de transporte. Ángel formó la compañía con varios inversionistas, entre los que sobresale Camilo C Restrepo, como se llamaría luego la estación. Este fue el primer superintendente de la obra y su gerente en 1920, año en que la compañía comenzó a ser rentable.

En la antigua estación vive hace 16 años Gladis Bermúdez, de escasos 41 años, trigueña, delgada, de cabello lacio y negro. Descuida su galpón y narra: “la antigua inquilina de esta estación, abandonó este lugar porque a medianoche escuchaba el ruido del autoferro, -un carrito que transportaba a los trabajadores, y los entreveía por la ventana lleno de esqueletos.

Continúa Gladis: “Mi papá me contaba que cuando hubo tanta violencia la máquina traía heridos y algunos murieron en la estación. Muchos vecinos han visto a un hombre de cachaco que se aparece al lado de la fuente. Una vez, a mí se me apareció un muñequito dorado que bailaba y me invitaba a seguirle. El padre Ramón Heli me bendijo la casa, y no volví a ver ni oír nada extraño”.


En este camino se hallaba la carrilera del tren que conducía hacia la estaciones de Puente Soto, Tulio Ospina y Bolombolo.

Elisa Gonzáles, la trovadora de Camilo C, recuerda: “Una vez mi mamá me mandó a vender unos huevos y me antojé de hacer una “palomita”, -eso dejó más de un mocho-, me colgué de la escalera de uno de los vagones y como no me supe tirar, me revolcó” Se ríe con timidez y prosigue: “para hacer los cascabeles de diciembre poníamos las tapas de gaseosa sobre los rieles para que la máquina las dejara planitas”.

El esposo de Elisa, José Antonio Tabares, se pensionó también con el ferrocarril. Hacía parte de una cuadrilla formada por 14 hombres, “poquitos pero guapos”, encargados de 8 kilómetros de vía. La jornada era de 7 a 4 de la tarde y recibía 5 pesos con 50 centavos. Cuando había derrumbes y descarrilamientos, tenían que trabajar sin importar la hora; pero les pagaban extras.

Los abuelos añoran y sueñan con el retorno del tren. Algunos de ellos se desplazan con sus nietos hasta la antigua estación y les indican con melancolía y orgullo el lugar donde un día esperaron el tren y donde propios y extraños se deleitaban con las mejores hojaldras de la región, que como si fuera poco, eran “benditas para el mareo”.


Elisa Gonzáles y su esposo José Antonio Tabares, antiguo trabajador del Ferrocarril de Antioquia, en su casa en Camilo C.

Elisa evoca con nostalgia el día en el que el tren pasó por última vez: “Eso hace 32 años. Se llamaba el tren del recuerdo. Había mucho alboroto. Todos salimos a despedirlo con desolación, pues sabíamos que se llevaba en sus vagones una época maravillosa y una empresa única y grandiosa”.

Fuentes:
-Poveda, Gabriel. 1974. Antioquia y el Ferrocarril de Antioquia. Concurso Nacional “Monografía sobre el Ferrocarril de Antioquia. Primer puesto.
-Bravo, José María. 1993. Monografía sobre el ferrocarril de Antioquia.
Medellín. Secretaría de Educación y Cultura.
-Retrospectiva del ferrocarril de Antioquia. Fundación ferrocarril de Antioquia. Medellín. Gobernación de Antioquia.

HUMO DESVANECIDO: EL FERROCARRIL Y EL SURGIMIENTO DE UN PUEBLO

Oscar Andrés Sánchez Á.

“Recuerdo como si fuera ayer, aquel siete de agosto de 1928. Tenía 11 años. Al medio día, unas cuantas personas nos congregamos en la recién inaugurada estación, para conocer una máquina de la que apenas teníamos referencias. A partir de ese día nada fue como antes”. Evoca con nostalgia Bernardo Salas, quien vive en Bolombolo desde que éste era una extensa hacienda llamada La Popala.


Bolombolo, ubicado al suroeste del departamento, debe su origen al Ferrocarril de Antioquia. Los viejos lo añoran.

Antes de morir, el ingeniero cubano Francisco José Cisneros realizó en 1874 el trazado por el cual debía surcar a través de las escarpadas montañas antioqueñas la “mula de hierro” llevando prosperidad y desarrollo. El objetivo era claro: unir a Medellín con el río Magdalena y la Costa Atlántica y posteriormente con el Pacífico, descendiendo hasta la hoya del río Cauca.

La empresa del ferrocarril de Amagá, creada en 1907 y adquirida en 1922 por el ferrocarril de Antioquia, fue la encargada de empalmar la obra hasta la hoya del Cauca. Los trabajos iniciaron en 1926, dos años después de creada la Estación Camilo C. La numerosa población suroestana, su fértil suelo, la ganadería, la minería del carbón y metales preciosos eran motivos suficientes para querer comunicar toda la región.

Las dificultades para el suministro de provisiones, la carencia de guías geográficas y las fallas geológicas no fueron impedimento. Luego de excavaciones, rellenos, construcción de puentes y enrielados, fue inaugurada en julio de 1928, en el kilómetro 102, la Estación Bolombolo, como empezaría a llamarse el caserío que se formó rápidamente a su alrededor, en honor a un cacique precolombino que habitó la cuenca de Sinifaná.

El ferrocarril consolidó procesos de poblamiento en el suroeste antioqueño y dio origen a pueblos como Bolombolo, erigido corregimiento de Venecia en 1934. Este colorido valle fue colonizado en 1890 por el titiribiseño Antonio Quijano y luego vendido a los hermanos Echeverri, quienes ante la demanda de tierra por la llegada del prometedor Ferrocarril, iniciaron trabajos de desmonte y venta de lotes.


Bernardo Salas (izquierda) narrando historias sobre el corregimiento de Bolombolo, donde nació en 1916

“Con la llegada del ferrocarril hubo mucho movimiento. Los trabajadores -freneros, maquinistas, ayudantes, y jefes de estación-, necesitaban quien los atendiera, de modo que fue llegando gente de muchas partes a abrir cantinas y tiendas. En las noches, los trabajadores salían a visitar a las muchachas”. Recuerda Bernardo Salas. Con el avance del ferrocarril hasta La Pintada y luego hasta Buenaventura, la Estación Bolombolo recobró importancia. Muchos viajeros y comerciantes se asentaron allí para siempre.

“Los fines de semana la gente salía con sus ventas: hojaldras, morcilla, bolis, bebidas, almuerzos, fritos, albóndigas y hasta gallinas. La vida era mucho más barata. Todo lo que uno hacía se vendía. La comida era abundante. Ahora, aunque pasan muchos buses, no se ve ni la mitad de la gente que traía el tren. Ojala vuelva algún día, ojalá me alcance la vida” comenta Berta Álvarez, una bolomboleña octogenaria.

El ferrocarril comenzó a ser parte vital del desarrollo de la región. Por el se viajaba, importaba y exportaba más rápido, barato y seguro. Se conducía la producción agrícola, minera y ganadera; además, caña, tabaco, caucho, quina y tagua del oriente chocoano. En la Estación Bolombolo se cargaba y descargaba mercancías que eran movilizadas en bestia hacia el suroeste lejano. El río era cruzado en un pequeño planchón, antes de que se construyera un puente colgante de madera.

El humo del ferrocarril esparció civilización tras su paso. Mariano Sánchez, jubilado del ferrocarril, afirma que el viaje hasta Medellín duraba cuatro horas; en mula eran días enteros: “Habían vagones de carga; los de pasajeros tenían treinta puestos y se dividían en tres categorías. El de tercera costaba setenta centavos, era el de los pobres. No recuerdo el precio del de primera; nunca lo aborde. La gente se iba conversando o negociando”.

Muchos escritores de la época pasaron o se detuvieron en estas tierras buscando inspiración y aventuras mientras descendían en tren por las verdes laderas hasta observar el majestuoso río Cauca. El poeta León de Greiff llegó en 1929 como director de obras del ferrocarril al “país exótico y no nada utópico (…) país del sol sonoro…” como lo describiría él mismo en su Canto a Bolombolo. Según el profesor Julián Vásquez, experto en el tema, Bolombolo le sirvió a De Greiff para consolidar su característico juego de palabras y sentidos.

El ferrocarril apoyó la construcción de la carretera hacia la vía férrea, y ésta, unos años más tarde, fue la causante de su arrolladora quiebra. En 1962 el ferrocarril pasó a manos del estado y pese a los esfuerzos del gobierno nacional, algunas vías fueron abandonadas. A mediados de los años 70, para desgracia de los bolomboleños, el tren interrumpió el sueño de un pueblo que se configuraba como uno de los más prósperos de la región.

Sin excepción, quienes vivieron durante esa época y fueron testigos oculares de esta gran hazaña antioqueña, añoran con nostalgia el sonoro pito del tren que anunciaba su arribo a la abarrotada estación y que daba inicio a una ardua pero reconfortante jornada. No olvidan los abuelos como una fumarola grande se desvanecía en el horizonte, a medida que el chaca-chaca dejaba de hacer eco en sus oídos.

Fuentes:
-Revista Distritos. Número 15. 1969. Colección Antioquia. U de A.
-Bravo, José María. 1993. Monografía sobre el ferrocarril de Antioquia. Medellín. Secretaría de Educación y Cultura.
-Retrospectiva del ferrocarril de Antioquia. Fundación ferrocarril de Antioquia. Medellín. Gobernación de Antioquia.

miércoles, 14 de enero de 2009

SAN-TIAGO: “EL MILAGROSO DE LA ALBANIA”

Oscar Andrés Sánchez A.
Abril de 2007
Publicado en De la Urbe Digital

Este reportaje es la versión escrita de un segmento del documental televisivo “Fe y razón, dilema eterno”, ganador en los Premios Emisión 2006 de la Facultad de Comunicaciones de la Universidad de Antioquia en la categoría, Mejor Trabajo Periodístico en televisión.

Es domingo. El día apenas despunta y ya han llegado centenares de peregrinos en buses, escaleras y vehículos particulares de diversos lugares de Antioquia. Esperan que hoy concluyan sus dolencias físicas y espirituales. Esta vez el destino no ha sido el Señor Caído en Girardota, María Auxiliadora en Sabaneta, la virgen de Chiquinquirá en La Estrella, ni el tradicional y populoso santuario de Buga. El sitio de encuentro para quienes tienen fe en lo extraordinario, es una humilde casa en el corregimiento la Albania, de Titiribí; y el que “obra milagros”, no es de yeso ni de madera.

El “niño que cura” está aún en casa. Sabe que será una jornada llena de conjeturas, por eso decide ponerse en lugar del pantalón que le saco su mamá, una sudadera azul que encuentra en el fondo de una caneca plástica. Antes de sentarse en una mesilla a desayunar, se empina y observa por un resquicio de la ventana el riachuelo de gente que lo espera. Luego, saca de una de las cabeceras de su cama, cuatro camándulas y tres escapularios que le han obsequiado, se los pone sobre el cuello y sale con su madre ante la mirada expectante de curiosos y fervorosos. El jolgorio se esfuma por unos instantes.

Santiago permanece los fines de semana rodeado de gente que quiere tocarlo y pedir su orientación o bendición

Santiago vive con sus padres, Julio Tangarife y Rubiela Velásquez, su hermano de cinco años, una tía y dos primos. La casa está pintada con cal y los zócalos de anaranjado. Tiene dos puertas, dos ventanas y tejas de eternit. Afuera hay un aviso en una lata que dice: “venta de pollo casero”; además, se ofrece panela en una mes tendida con una toalla ajada. Al frente de la casa, pasando la carretera, está ubicado el pequeño quiosco donde los Tangarife venden gaseosas y dulces. Al lado de éste hay un pequeño cubículo hecho con cortinas sujetas con cabuya del techo. Allí dentro Santiago atiende en unos cuantos minutos a cada uno de sus devotos.

El lugar se encuentra atiborrado de personas dispuestas a esperar lo suficiente para que Santiago los toque. Rocío Colorado es una de ellas. Sufre hace veintinueve años de psoriasis, una enfermedad crónica que produce la aparición de escamas en la piel. Asegura que ningún tratamiento le ha servido y que desde que el Santiago la tocó ha podido abrir sus manos. Mariela Vanegas, una titiribiseña de setenta años, se inquieta contando que antes de visitarlo sufría de mala circulación. Se sube la falda dejando ver sus piernas varicosas y dice “mire, no me han vuelto a salir esas manchas”.

Arley Santiago Tangarife Velásquez nació por cesárea el tres de noviembre de 1998 a las 12:30 del día en la Clínica del Rosario. “Era un bebé enorme, -recuerda su madre- pesó diez libras”. El año anterior, por su condición abortiva, se había hecho operar para no concebir; pese a esto quedó en cinta de Santiago. “Cuando Dios no quiere, los santos no pueden” dice doña Rubiela. Su voz se desvanece y deja fluir un par de lágrimas.

A las 8:39 de la mañana, doña Marta, la tía de Santiago, ya ha entregado los primeros doscientos fichos hechos en cartulina con un número en el centro que parece de niño de preescolar. La gente dona cuatrocientos pesos para colaborar con las necesidades de la familia. Según doña Marta, el 28 diciembre de 2005 Santiago atendió a más de mil personas. “Ese día levantó a un paralítico que llevaba tres años en una silla de ruedas. Una patrulla de la Policía de Carreteras tuvo llevarse a Santy un rato para que descansara”.

Santiago cursa segundo de primaria en la escuela rural de la Albania. Inicia clases a las 12:45 del día, luego de quince minutos de marcha. Sus compañeritos lo llaman “padrecito” o “cirineo”. “Él es un alumno sobresaliente, responsable y muy colaborador”. Testifica Olga Muriel, su profesora. En semana duerme hasta la 10 o 11 de la mañana y atiende sólo “casos especiales” antes de irse para la escuela. Nunca recibe dinero de sus fieles, dice que no puede ni debe y que prefiere que le traigan frutas y golosinas.

A su corta edad, Santiago narra sin vacilar sus visiones y testimonios y siente que está cumpliendo una misión

Se le dificulta pronunciar la letra r. Mide 1.20, es de tez morena, como sus padres, un poco rechoncho y carirredondo. Tiene una boca pequeña, nariz obtusa con un lunar en la parte inferior, pestañas escasas, vistosos ojos negros, cejas solitarias y una frente de cuatro dedos. Sus orejas son grandes y con las puntas inclinadas; es de cabello corto y negro. Le agradan Los Simpsons y Los Pitufos, aunque dudo mucho que pueda verlos. “Me gustan mucho los espaguetis con salsa y el fruti-fruti” (sic). Aunque dice ser hincha del DIM, exhibe complacido su fotografía con Aristizábal, quien hace poco vino a visitarlo.

El día avanza. Ya son las 10:35. Hay nueve carros orillados en la vía que dispone ahora de un solo carril por la aglomeración. Acaba de arribar un taxi. Dos hombres descienden y ayudan a salir a Blanca Celi, una caldense que sufre de un inusual mal de parkinson para sus escasos cuarenta y dos. “Santy, atienda a esa señora”. Le dice su mamá. “La vaca busca el pasto”. Contesta. Doña Rubiela lo increpa “recuerde que el padre Iván le dijo que atendiera a los discapacitados inmediatamente”. Blanca es conducida hasta el cubículo. Santiago la mira y con la mano derecha le toca el cuello y las manos y le lanza una triada de bendiciones. Blanca, con su voz también trémula le pregunta “Niño, ¿Me voy a curar?”. “Sí” “¿Tengo que volver?” “Si quiere y si puede”.

De acuerdo con una vecina, a la edad de tres años Santiago empezó a mover y a aparecer objetos, y a los cinco a pregonar su don. Algunos por jocosidad se postraban ante el peculiar niño, causando agitación a su madre. “Una vez le metí una pela y le dije que no embobara a la gente; pero ya él me perdonó”. Santiago intenta ahora descifrar la procedencia de la gracia que muchos testifican. “Yo estaba un día en el solar quitándole las tunas a unos limones, mire hacia el cielo, me caí y luego ví a Dios, era monito y zarquito. Tenía una cosita en la mano que decía INRI y me dijo que yo podía sanar”.

Don Julio fue el primer favorecido del don que decía tener su hijo. “El miércoles de ceniza de 2004, yo tenía cólicos –comenta don Julio- me iba a ir para Titiribí. Santiago se me acercó, me tocó el estómago y hasta ahí llegaron los dolores”. Doña Rubiela asustada corrió a donde el padre de la Albania: “El padre Guillermo no me paró bolas. Por eso me fuí para Amagá y le conté el padre Iván Gaviria. Él visitó al niño. Hacía dos días no daba del cuerpo, Santy lo tocó y le dió una diarrea tremenda”. Este sacerdote divulgó el testimonio en su programa radial. Eso hace que la historia de Santiago corre de lengua en lengua por toda la provincia.

Ya es mediodía. La gente evapora a medida que el sol calienta el asfalto. Por las ventanillas de los vehículos que pasan, los viajeros observan la muchedumbre, casi ninguno desconoce la razón. Algunos visitantes empiezan a sacar sus fiambres y ocupan las pocas sillas que hay, los demás descansan en el piso. Mientras, se escuchan diferentes testimonios sobre “el niño milagroso de la Albania”. “A mí me soltó los tendones”, “a mi hijita de 14 años la curó de un cáncer. El doctor me dijo que se le había desaparecido”. “Yo traje hoy a mi hija Camila porque hace un mes empezó a sufrir de migraña. Ojalá no tenga que llevarla al médico”.

Luego de hacer una larga fila, los peregrinos ingresan al improvisado cubículo donde Santiago los escucha con holgura

Santiago aprovecha el momento de holgura para bendecir decenas de tarros y botellas llenas de agua. En seguida, vierte en una tasa un líquido verde espumoso que alguien le trajo y empieza a soplar a través de un palito de plástico hasta llenar el escenario de incontables bombas de jabón, como lo son también los ojos que lo observan. Según familiares de Santiago, hace unos días, un mayor de la policía lo condujo hasta Sabaneta; Ernesto Garcés, uno de los cafeteros más potentados del país quería verlo. “Ese señor –cuenta Santiago- me iba a regalar un carro. Yo le dije que no podía recibirle nada, que mejor le ayudara a la gente pobre”.

El sol se ha puesto. Muchos hablan de lo bien que se sienten luego de haber sido tocados por Santiago, quien al parecer esta un poco extenuado. Hoy ha atendido a más de cuatrocientas personas. Otros por el contrario dicen que van a tener paciencia y continuaran insistiendo. La gente se dispone para regresar a sus lugares de origen no sin antes echarse bendiciones y besar las manos de Santiago. “Chao Santy, usted es un santo. Rece por nosotros”, grita alguien por la ventanilla de un bus.


Fe y Ciencia: Dilema Eterno

Cuando hay crisis en lo emocional, lo afectivo y en la salud, el ser humano acude a todas las posibilidades de solución. Las romerías acompañadas de fe, constituye uno de los instrumentos a los que más se acude.

“La peregrinación tiene dentro de las religiones un sentido general de encuentro con Dios, sin embargo, dentro de la religiosidad popular se le da el sentido de búsqueda de la salud espiritual y corporal”. Asevera el presbítero Carlos Arboleda, profesor de la UPB y sociólogo de la Universidad Gregoriana de Roma y agrega: “la iglesia católica ha aceptado la religiosidad popular; pero trata de purificar lo supersticioso que hay en ella, pues a veces hay mucha superchería, engaño y problemas psicológicos”.

Hoy es común ver todo tipo de personas, adineradas y pobres, haciendo largas filas para entrevistarse con cuanta persona aparece con el “poder de sanación”, en busca de fenómenos paranormales, que a menudo no pasan de ser ilusión. Para el antropólogo Ramiro Delgado, existen personas que a través del manejo de los flujos energéticos pueden equilibrar algunas dolencias físicas de los seres humanos.

El santuario del Señor Caído en Girardota, Antioquia, en uno de los destinos más populares de peregrinación y pago de promesas.

No toda experiencia de mejoría física o psíquica debe considerarse un milagro. La ciencia ha comprobado que estos procesos intervienes diversos factores. De acuerdo con el presbítero y exegeta, Jairo Henao, se está llamado milagro en santuarios, iglesias, reuniones de protestantes, misas carismática, a una recuperación psicológica, que puede reflejarse en dolores de cabeza. Por su parte, Arboleda sostiene que “las creencias y las culturas son preformativas, es decir, que lo que la gente cree se realiza. Pero desde el punto de vista psicológico, puede obrar la sugestión y la “sanación” le sirvió como efecto placebo, pero la enfermedad continúa”.

La ciencia y la religión han diferido a la hora de aclarar los interrogantes del hombre. Pese a esto, la Iglesia Católica se ha valido de médicos y psicólogos para indagar la veracidad de los milagros. En Lourdes, por ejemplo, los milagros han disminuido considerablemente a medida que ha aumentado la investigación. Según el psicólogo Darío Muñetón, cuando algunos malestares se somatizan, la eficacia simbólica (palabras consoladoras), pueden remover esos síntomas.

Tiberio Alvarez, médico dolorólogo de la Universidad de Antioquia dice al respecto: “El término sanación es distinto a curación. Yo puedo tener un cáncer y sentirme bien. Con mis pacientes trabajo la palabra control. Les digo: Esta enfermedad tuya de cáncer no se cura, pero se controla (…) Es posible que haya casos extraordinarios, o mal diagnóstico; pero hablando de cáncer diagnosticado no de memoria o por cuadro clínico sino con histología, van siendo más difíciles los milagros”.

El padre Mario impone las manos a centenares de piadosos en el corregimiento de Marsella, Fredonia, cada fin de semana. Muchos dan testimonio de sus milagros.

La palabra sanación se presta para engaños. Con ánimo de lucro, muchos “iluminados” o “rezanderos”, atribuyen las molestias o síntomas de quienes los visitan a una posesión diabólica. De acuerdo con el presbítero Henao, ese era el lenguaje connatural a la época de Jesús, pero decirlo hoy es saltarse toda la reflexión antropológica del renacimiento y es inconsistente además desde el punto de vista teológico. “Yo le digo a mis pacientes que no creo en milagros con dinero por delante, sea limosnas o donaciones. Detrás del dolor y de la muerte hay mucho negocio. Cuando están a tiempo de iniciar el tratamiento, acuden a los “sanadores”, cuando regresan ya ha avanzado la lesión y ni se pueden operar” enfatiza el médico Tiberio.