miércoles, 14 de enero de 2009

DE OASIS A DESIERTO

Oscar Andrés Sánchez A.
Marzo de 2007
Publicada por De la Urbe Digital y por la Agencia del IPC

Ésta crónica hace parte de un reportaje grupal titulado “Moravia espera soluciones de fondo”, realizado en el curso de Edición Periodística, orientado por el profesor Juan Diego Restrepo, luego de que un parte del barrio marginal, Moravia,sector Oasis, ubicado en el nororiente de Medellín, fuera arrasado por un incendio en la madrugada del 28 de febrero de 2007. Este trabajo recibió Mención Especial por parte del CIPA en la categoría Mejor Trabajo Universitario, en 2007, y fue finalista del concurso “El periodismo desde las regiones”, realizado por la revista Semana y Petrobras en 2007.



“¡Mami, levántese, la casa de Claudia se está quemando!”. Sin comprender lo que pasaba, Elcy saltó de la cama y se impresionó a través de la lumbrera. Se atavió con la ropa que había dejado hace una hora cerca de la cama y salió por uno de los callejones tocando puertas y anunciando la desventura: “¡Un incendio, salgan todos, no saquen nada, las llamas vienen volando!” El sofoco hizo salir al resto. Los habitantes de la parte baja del Oasis iniciaron el éxodo, algunos sin ropa, conduciendo a sus hijos, otros con el televisor al hombro. Se ubicaron para no perder detalle del desenlace de su propio drama.

Elcy Torres es una adalid del Oasis. Tiene 46 años. Hace 15 se vino de Ungía, Choco, huyendo de las confrontaciones entre guerrilla y paramilitares. Unos familiares le habían dicho que en Medellín estaría mejor. Su esposo se vino a los dos meses, cuando, junto con otras 100 personas invadieron la “Curva del Diablo”. “De allá nos desalojaron porque era un terreno inestable. El doctor Juan Guillermo, no recuerdo su apellido, abogó para que nos dejaran ubicar en esta pequeña montaña, El Oasis que hoy parece un desierto”.

Desde que llegó al Oasis, Elcy empezó a ser parte de talleres de liderazgo. Participó en la elaboración del Plan Parcial de Moravia. Sin jactarse hace gala de esta cualidad que considera natural. Es difícil hablar con ella durante varios minutos sin interrupción. La abordan personas de todas las edades pidiéndole información sobre los subsidios, los albergues, los trámites para sacar documentos que se incineraron, en fin, para todo tiene respuesta. “Ella se mantiene en la pomada. Todos le copiamos porque piensa en el bien común”. Sostiene Fabio, un joven del sector.



Elcy recuerda con impotencia el día del incendio. “Los bombero llegaron sin agua a buscar hidrantes. Aquí no hay de eso, les grite indignada, como es posible que no supieran esto. Las llamas se acercaban también a mi casa. En medio del desespero, aparecieron forasteros ofreciendo ayuda a quienes intentaban sacar alguna de sus pertenencias. Pero esta gente se hecho a perder con todo. La policía impidió que se hubiera quemado todo el barrio. El otro carro de los bomberos llegó con agua casi a la media hora”.

Ese día no se oyeron gallos. Los sollozos humanos fueron el exordio de una alborada que sólo se corea cada cuatro años. Las llamas habían sido apaciguadas, no así el olor a hollín. Una madre lloraba por su pequeño hijo desaparecido y otra persona era internada en el San Vicente por quemaduras. La paralela estaba atiborrada de gente y de unos cuantos equipajes. La Policía había empezado a acordonar la zona para detener los saqueos y los líderes, entre ellos Elcy, trataban de organizar a la gente para que el Simpad los censara.

Un par de semanas después, Elcy se encuentra más tranquila, aunque es incapaz de controlar el llanto cuando observa los restos del Oasis. Ella es robusta, de tez morena y cabello ondulado. La ropa que utiliza es ancha y nunca le falta su mochila café. Aunque su propiedad no colapsó, no podrá habitarla más; las llamas la acariciaron por un lado. Su casa es de tres pisos, en material. Abajo había un billar y una panadería; en la entrada aún reposa el tablero donde ella a menudo consignaba información comunitaria.



En el segundo piso vivía ella, su esposo, tres nietos, tres hijos y una nuera; en el último una hija, el yerno y dos nietos. Su esposo tiene un “carrito” en el que a veces transporta pollos. Ella tiene un pequeño ingreso a través del Operados Social de la Universidad de Antioquia. Dice que lo ha estado ahorrando para el día en que le entreguen su nueva casa, sabe que tendrá que terminarla. Pese a que no esta ubicada en los albergues, Elcy ha seguido de cerca este proceso y ha iniciado reuniones comunitarias para que los ciudadanos estén más informados sobre lo que acontece con ellos.

Según Elcy, el objetivo de estas reuniones es que otra tragedia como estás, en este o cualquier sector, no se repita o al menos no nos vuelva a tomar por sorpresa: “Uno nunca está preparado para una cosa como estas. Nosotros no planificamos, por eso no hay calles. La necesidad era tener casa, así fuera en media calle. El carro de bomberos ni siquiera pudo entrar al sector y no teníamos ni un hidrante cerca. Como había tantas casas de madera, una encima de otra, el incendio se propagó en instantes”.

“No estábamos preparados y por eso también aprovecharon los saqueadores. Tengo esperanzas en las palabras de Presidente el Alcalde, aunque por el momento los subsidios no se han hecho efectivos; claro que yo se que la gestión de los dineros públicos no es tan sencilla. Hay que tener paciencia”. Hace una pausa, para contener el llanto. “Con éste son tres los incendios en menos de 10 años. Uno trata de ocultar el dolor, pero cuando se aprende a querer a la gente, una situación como esta lo destroza a uno. Por eso desde ya no estamos organizando. Esperamos no se repita la misma historia”.

Fotografías: David Estrada (Blogs)

No hay comentarios: