miércoles, 14 de enero de 2009

HORA DE LEVANTARSE

Oscar Andrés Sánchez A.
Perfil
Agosto de 2008

“Compadre, buenos días, es hora de levantarse”, le dice Duván* a unos habitantes de calle que duermen a las 6 de la mañana en un anden sobre la calle 50 con carrera 54. Dos de ellos abren los ojos, observan quien interrumpe su sueño, recogen su costal y se marchan; el otro se voltea y se cubre de nuevo la cara con una cobija de lana ajada y sucia. Duván se pone unos guantes, le retira la cobija y le dice: “Lo estoy esperando amigo”. Luego de un par de segundos, aquel hombre de contextura delgada estira sus brazos, bosteza, mira a su alrededor y decide partir.


La Avenida Colombia es una de las calles donde más pernoctan los habitantes de la calle

Los compañeros de Duván retiran los improvisados alojamientos, recogen plásticos y cartones y los arrojan a un pequeño carro de basura que los acompaña. Algunos de los recién levantados aceptan ser llevados a uno de los patios de Centro Día y ascienden a un pequeño camión; el resto parte sin destino. “Yo allá no puedo ir, me encuentro con mi culebra y nos acabamos”, dice uno de los desheredados entre risas. Según Duván, la culebra es una persona con la que han tenido problemas, y agrega: “la otra culebra es el agua. Allá los hacen bañar y lavar la ropa, y eso no es que les guste mucho”.

Duván tiene 28 años y hace cinco años trabaja en Espacio Público. Todos los días se encuentra con sus compañeros a las cinco de la mañana en la Estación de Policía La Candelaria. Una vez reciben instrucciones rutinarias de los coordinadores se dividen en tríos. Son los encargados de velar para que el centro de Medellín y sus alrededores amanezca sin habitantes de la calle aparcados en avenidas y andenes y de persuadirlos para que se internen por algunas horas en los centros de atención que dispone la Alcaldía para ellos.

“Esta actividad no es nada fácil. A quién le gusta que le interrumpan su sueño y lo hagan levantar; pero ese nuestro trabajo. Yo les doy tiempo para que se estiren un poco. Cuando alguno se enoja, cosa que casi nunca ocurre, solicitamos acompañamiento de la Policía. Algunos vuelven y se acuestan cuando uno se desplaza, por eso nos toca sostener la zona durante todo el día. Si nos percatamos de que alguno de ellos está enfermo o herido, lo conducimos a la Unidad Intermedia más cercana para que los atiendan”. Sostiene Duván.

Una gorra con un código, una camiseta blanca y una chaqueta azul rey, unos gantes, un jean y un radioteléfono a través del cual recibe instrucciones, es todo lo que lleva Duván. El bolso donde trae su almuerzo los ha dejado en el negocio de un conocido. Duván es delgado, de cabello corto y liso, piel trigueña y mide un metro con sesenta y cinco. Pese a ser de un pueblo, se ufana al decir que conoce el centro de la ciudad como la palma de su mano. Es enfático al comentar que para este trabajo se requiere de paciencia y cero escrúpulos.


La ardua labor de los empleados de Espacio Público de la Alcaldía de Medellín inicia a las 5 de la mañana.

Duván habla de nuevo: “Cuando identificamos que alguno de ellos tiene armas corto punzantes, se las retiramos antes de despertarlos. Es común que amanezcan drogados, los adultos por fumar pipa y los jóvenes por aspirar pegamento, por eso es mejor prevenir. Muchos no se bañan y hacen sus necesidades biológicas dentro de sus mismos cambuches. No todas las compañeras aguantan, algunas tienen que retirase por momentos en medio de náuseas. Los olores que se condensan dentro del camión que los moviliza tampoco son los más agradable, por eso llevamos tapa bocas”.

Decenas de habitantes de la calle pernoctan en el centro de Medellín. No todos proceden de clases sociales bajas. Lo que si tienen en común es el deseo de vivir en la calle y dormir “donde los coja la noche”. Todos los que desean son conducidos en camiones del Municipio por los funcionarios de Espacio Público a uno de los patios de Centro de Día, cada uno con capacidad para 200 personas. Allí desayunan, se duchan, limpian sus prendas o reciben otras y unos cuantos inician un proceso de rehabilitación y aprenden un arte u oficio.

“Le he cogido cariño a mi trabajo. Considero que le aporto algo a la sociedad. Imagino que uno de esas personas que encuentro al amanecer tirada en cualquier acera puede ser un familiar mío, un amigo, o algún conocido, por eso los trato con todo respeto y dignidad; claro que a veces me toca ponerme serio, pues no falta el que quieta pasar por sordo. Algunos incluso ya me conocen, y hasta me saludan; yo también conozco uno que otro. Se que están en una situación difícil, pero debo responder por mi trabajo y mostrar buenos resultados”. Afirma Duván.

Cuando Espacio Público se retira, algunos habitantes de la calle vuelven a extender sus cobijas

Durante la mañana el radio teléfono de Duván no para de sonar. A menudo llegan reportes de quejas de ciudadanos, propietarios de almacenes y sacerdotes. “Desplácese a la 33, nos acaban de informar que hay de nuevo habitantes de calle allí”, se escucha la voz de un coordinador por el radio. De inmediato, Duván y sus otros dos compañeros se desplazan en el camión y realizan su trabajo. Para un gran número de paisas es de mal gusto ver personas acostadas en la calle una vez ha entrado la mañana, pocos se conmueven y a muchos les es indiferente.

A la una de la tarde Duván termina su jornada. Dice que todos los días cuando su mamá lo despierta a las cuatro de la mañana: “Duván, ya es hora de levantarse”, y mientras se arquea en su lecho y espera a que su mamá le retire la cobija, piensa en las centenas de personas a los que les ha provocado esa misma sensación. Ellos volverán hoy a recostar sus cuerpos sobre uno de los duros andenes, arropados por el frío de la noche, y arrullados por la algarabía citadina.

*Nombre cambiado a petición de la fuente.

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